Una maldad para la belleza. Dorian Gray y su trampa

Una maldad para la belleza. Dorian Gray y su trampa

«Había momentos en que consideraba simplemente el mal como un medio necesario para poder realizar su concepción de la belleza»

Acabo de concluir una de mis deudas con la literatura; leer El Retrato de Dorian Gray. Puede que estas palabras las escriba aún llevada por la emoción, la cual no es poca. Oscar Wilde puso en este obra una representación fantástica de la conciencia humana.  La lucha básica entre ganar el mundo o perder el alma. La soledad infinita de la elección de la vanidad de sostener la belleza eterna, que se vuelve sinónimo de la bondad ante los demás, y vivir la sombra de los placeres y deseos egoístas, de un modo que no logren manchar la inmaculada apariencia.

El retrato le enseña a Gray a amar su propia belleza por encima de todo lo demás, pero también va a enseñarle a detestar su alma al ver retratada su propia sombra que no podrá borrarse ya nunca más. Como bien lo dice Wilde, «el retrato asumiría el paso de su vergüenza». Pues bien, solo soy una psicóloga que ordena y desordena pensamientos en este blog, pero ¿acaso no es la misma lucha que vivimos todos? ¿no es esta obra tan vigente como cualquier creación contemporánea? ¿no es este mundo contemporáneo el que diariamente en la televisión, el cine, las redes sociales, etc. nos dice lo mismo que expresa Wilde, que hay «curar el alma por medio de los sentidos, y los sentidos, por medio del alma»?

Gray se libera de sí mismo y a la vez se esclaviza a sí mismo. Puede hacer lo que muchos desearían. Puede dividirse en dos, permitirse abandonar la bondad que le imponen las normas sociales porque sabe que esa mancha de su alma no aparecerá nunca en su imagen proyectada a los demás, sino que se quedará toda en el cuadro; el cuadro que es su conciencia. Esta distancia abismal al interior de sí mismo le permite la belleza, ¿por qué el mal le permite la belleza? porque la belleza y la juventud, como se lo dice Lord Henry en su primer encuentro, son la maravilla del mundo que permite el hedonismo. Puede Gray ser el símbolo visible del placer, pero el «pecado» por su parte, es lo que termina sustentando este placer, esa tentación de gozar con lo prohibido, con lo que es negado, llenarse del mundo y permitirse el cinismo del egoísmo, alimenta la maldad y así mismo le da su sabor al placer y por tanto, sostiene la gracia de la belleza. Es el círculo vicioso del deseo que se descontrola y desgasta el alma.

Lord Henry termina su última conversación con Gray preguntándole «¿qué provecho logra un hombre que gana el mundo entero y pierde su propia alma?». Él, Gray, quien después de la muerte, causada por él, de la mujer que destruye la belleza que a él lo enamoraba, se da a la tarea de alimentarse del mundo, de llenarse y hastiarse de éste, de perturbar el alma «buena» de jóvenes echados a perder por su influencia ante el placer; él que ya intenta recuperar su propia alma buscando ser bueno nuevamente, se encuentra con el vacío del placer banal. Porque finalmente, como bien lo señala Lord Henry en esta última charla, «cualquier cosa se convierte en un placer cuando se hace demasiado a menudo». El crimen, el arte, son un método para procurarse sensaciones extraordinarias, pero el costo es ese magnífico retrato de Gray, ese espejo en el que no puede reconocerse sin repugnarse, ni negarse sin dejarse afuera de sí. Ese espejo es ese cúmulo de manchas que lo observan desde el fondo de sí, abandonadas en una buhardilla, moviendo los hilos invisibles de su abismo. Es su trampa.

¿Acaso no nos pasa lo mismo con esta máscara de belleza, éxito, placer, abundancia, libertad y felicidad que nos empeñamos tan bien todos en retratar aferrándonos al placer de la belleza, mientras allá en las buhardillas de nuestra alma, algunas viejas vergüenzas con una mueca burlona que sabe que lo hacemos por la efímera vanidad del deseo, nos recuerda lo vacía que a veces parece estar nuestra alma?

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