Mi insoportable descenso a los infiernos

Mi insoportable descenso a los infiernos

Tengo por fin una mañana para escribir. Me siento en el sofá, me bebo un café. Doy vueltas por el apartamento y siempre hay cosas para hacer. Me tienta esta molesta necesidad que a veces me da de limpiar los platos, de tender la cama, de ocuparme en un ejercicio básico que implique encargarme de mí misma. Me ocupo entonces en «encargarme» de mí (o tal vez, abstraerme de mí) y de nuevo el ejercicio de escribir, este que implica hacer una idea realidad, se queda en una idea que atormenta. Me lleno entonces de fantasías sobre la gran dificultad que supondría llegar a publicar si quiera el libro que deseo escribir, todas las referencias que debo leer sobre el tema que quiero escribir para llegar a construir esa monografía interesante, científica y graciosa que me interesa realizar para plasmar las ideas que he venido acumulando en mi ejercicio de la psicología, que no son pocas,y menos lo son todas las viejas reflexiones producto de esta vida que más parece una peripecia. El problema es que tampoco todas serán tan loables para la mirada de los críticos científicos que destrozaran mi escrito que aún no ha nacido, lo volverán trizas y lo tirarán al aire, como creo que decía el viejo Neruda en su magnífico «Elogio a la Crítica», y yo me quedaré con un libro de psicología que no podrá ser la cálida poesía de Neruda, que al menos pudo volver a «las humildes gentes que la amaban», pues definitivamente no pretendo escribir un apestoso libro de «autoayuda».

Enciendo una playlist de Jazz a todo volumen y en esta ciudad latinoamericana tan poco adicta a este hermoso género musical, resuena desde mi ventana abierta un sonido viejo y seductor de Louis Armstrong seguido del palpitar hechizante de Herbie Hancock. Abro este blog y empiezo a escribir. Necesito escribir sobre algo. Necesito que mi ser se decida a cumplir la más vieja promesa que se hizo alguna vez en la vida. Bien, este es el tema, la idea central de mi vida, ¿por qué no puedo cumplirme mis promesas, mis deseos más profundos, esa pasión que me arremete desde pequeña y me lleva a alucinar con días y años dedicados a leer y escribir como única y absoluta fuente de felicidad…y de dinero?

Y ahora esto ya esta pareciendo un post de autoayuda. Recojo el miedo que tengo en los huesos y me lo meto en el bolsillo del pantalón. Que se quede ahí guardado un ratico. Que no moleste más. Que se calle y me deje escribir. Así nadie me puede interrumpir ahora.

Suena la puerta, llega él, me saluda con emoción, me dice que me quiere mostrar su última creación, una especie de código extremadamente difícil de programar que permite ahora que su software haga cosas mejores. Él me muestra su creación. Yo no puedo mostrar la mía. Puedo contarle que ayer un paciente se sintió bien con mi intervención en el consultorio, pero no puedo sentirme tan orgullosa porque esta creación, esta que anhelo, que algo en mí insiste en mostrarme que sería fantástica y que cuenta con algún margen de probabilidad de que sea leída y tal vez querida por algunos, esta sigue postergada, ahora mientras lo escucho, antes mientras lavaba los platos y ahora cuando escribo este blog.

¿Qué hicieron con el miedo el gran Borges, Dostoievsy, Baudelaire, Nietzsche o Freud? Esta bien, yo no pretendo ser ellos así que «qué más da». Ah! ¿es que pretendo ser como ellos? pues no importa qué tan ridículo suene, seguro ellos no estaban escribiendo sobre su temor a escribir, sino que se dejaban llevar por su deseo de hacerlo diariamente, a cualquier hora, en cualquier momento, con platos sucios, o camas sin tender. Bien, hagámoslo.

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