Suelo levantarme temprano casi todas las mañanas. Nunca tuve este hábito mientras cursaba la universidad pero puede ser porque llegué a los 30’s y todo cambia a esta edad, que ya no me molesta incluso a veces despertarme temprano los domingos. He descubierto un fuerte placer en ver amanecer la ciudad desde mi balcón, hacer un café caliente y beberlo mientras leo las noticias o escribo un rato. Antes de empezar el día, porqué no gozarlo en vez de arreglarse y salir a las carreras como «loca en chanclas» (frase de un viejo amigo).

En las mañanas me pongo reflexiva y generalmente termino haciendo listas importantes. No solo listas de pendientes y actividades que debo hacer en el día, sino listas mucho más significativas; de sueños y de metas por cumplir. Cuando las concluyo me siento bien, como si me hubiera quitado un peso de encima porque significa que las he escrito, las tengo ante mis ojos, están claras, y obviamente las voy a realizar. Pero después de unas horas, entre las idas y vueltas del día, las necesidades y las demandas de los otros, -pues soy psicoterapeuta y ya se imaginarán que vivo escuchando los pedidos de los otros-, no puedo negar que se me pierde la claridad y supuesta determinación que mi listado soñador tenía en el papel o en la página en blanco del procesador de texto. Se empiezan a desdibujar sus letras, sus viñetas, me ataca una sensación de tristeza soslayada y posteriormente una buena defensa racional que me dice que me ocupe de mi «aquí y ahora», que haga lo que mejor puedo hacer con este momento, el cual también es el cumplimiento de un sueño.

Pasa el día y llego en la noche a la casa. Como ahora a mis 30’s vivo con mi pareja, la rutina nocturna ya no es tan solitaria o reflexiva como antes. Ahora conversamos, compartimos, hacemos la cena, o vemos televisión. Lo que cualquier pareja hace. Por momentos él se acerca a su computador, que es su pasión y trabajo, y yo me acerco a la página en blanco que es la mía. Lo escucho teclear mucho más determinada y fluidamente de lo que me gustaría mientras yo no alcanzo a redactar una buena línea. Y es que a mis 30’s he decidido cumplir dos sueños que abandoné y delegué al cajón de los sueños cobardes a mis 17’s ; la escritura y el dibujo. Pero nadie me dijo que es mucho más escalofriante intentar cumplir sueños a esta edad, esos que por temor dejaste de lado y que sabes que si no lo intentas ahora, nunca lo harás y algún día, no importa cuántas alegrías te haya dado la vida, morirás de viejo con un «debí» en la boca.  El problema es que intentarlo ahora lleva una cuota de valentía ante la sola idea de que esto  algún día pueda dar un fruto atractivo para alguien diferente a tu esposo o tu madre. Pero también te sientes a la deriva, como perdido, quisieras matricularte en una carrera profesional de literatura o de artes y ya no puedes. O al menos no vas a volver a esto pues tienes que trabajar todo el día en tu otra pasión, esa que sí estudiaste pero que sabes, porque precisamente es Psicología, que no se compara a las otras dos cobardes, ansiosas y temerosas que se metieron en un cajón con llave y aunque quieren salir, tu te has encargado de no dejarlas; al menos para nada importante.

El que está dispuesto a cumplir un sueño; el de desarrollar un talento y una pasión a la que le dedicaba horas y horas sin darse cuenta cuando era un niño o un joven y no lo habían corrompido los temores de «¿pero de qué vas a vivir con eso?» es alguien que está cansado de no ser leal a ese instinto que grita por debajo de la piel diciéndole que tiene un talento, que así no sea Beethoven desde ya, si lo desarrolla, es casi seguro que haga algo con eso y que algún día, cuando muera, tenga un «hice» en la boca.

Bien, ya lo tengo claro. La lista de esta mañana no la dejaré en un cajón o en una carpeta de mi computador. En los próximos meses entraré a un curso de iniciación a la escritura creativa y empezaré a aprender cómo escribir una buena historia. Si no me sale ninguna, pues lo habré intentado. Al menos podré morir con una frase como, «hice una mala historia que me dio muchas alegrías». Vamos a ver qué ocurre. Les estaré contando.

Un comentario en “Hice una mala historia que me dio muchas alegrías

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