Da igual

Da igual

La hija de la vieja del 405 se negaba a aceptar la cirugía. Se le había explicado con sumo detalle pero daba igual. El doctor sudaba mordiéndose las palabras para no terminar por gritarle un insulto. Yo observaba a la vieja que miraba con ojos como del más allá, que parecen haberse marchado sin despedidas. Le daba igual. Cuando la realidad es espeluznante, las esperanzas son solo burlas de ignorantes. Al perderlo todo sin remedio hay un desinterés que no es ni siquiera depresión, algo como una especie de invulnerabilidad. Un alivio. Nadie podría arrancarle a la vieja lo que ya no estaba ni devolverle lo que no volvería, así que el resto podría llevárselo el doctor en la sala de cirugía o la hija en las oraciones sollozantes. Para mí, la vieja, sin retorno, desprovista del pulpo incansable de la vanidad se enfrentaba a la vida como pocas veces tenemos la oportunidad o el coraje. La vieja me miró como si hubiera leído mis pensamientos, y yo comprendí la sonrisa que en el fondo de la inmovilidad me destinaba. En la noche, al terminar el turno, la desconecté.

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