La puerta estaba entreabierta. Yo lo sabía porque era su costumbre, debido a los temores que la acompañaban y asaltaban como ladrones en la noche. Le gustaba dejar un poco de luz en el pasillo para que le llegara algo de resplandor y, si le daba por despertarse, algunas veces por culpa de sus propios ronquidos, pudiera tener consciencia de sí gracias a aquel rayo de luz entrando insidiosamente por la puerta. Se le alborotaban los fantasmas imaginarios en caso de abrir los ojos y encontrarse con el abismo de la oscuridad y varias veces podía hasta gritar desesperada. Había ocasiones en que roncaba toda la noche con un ruido sordo y con altibajos enloquecedores. Parecía que se fuera a atragantar y yo generalmente lo deseaba con fuerza antes de caer rendida por el sueño. Pero a la mañana siguiente me despertaban sus rezos del alba, como sonido de ratones entrando a hurtadillas por el techo, parecían silbarle los dientes, tal vez por la dentadura postiza y cuchicheaba oraciones fastidiosas que no dejaban dormir después de las cinco de la mañana. Yo realmente quería que se muriera pero los meses pasaban y seguía viva. Sin embargo, nunca perdía la esperanza.

Por aquella época vivíamos mi mamá y yo en esa gran casa de viejitas con olor a enaguas, bizcochos y ungüentos para la artritis. A veces también olor a orina recalcitrante debido a la incontinencia de algunas que se negaban a aceptar su realidad, o a los pañales de las resignadas. A pesar de los ronquidos en la noche y los olores a humanidad un poco podrida durante el día, la vida en la casa podía llegar a ser bastante peculiar y hasta podría decirse que interesante para una niña de ocho años como yo. Los jardines eran amplios y había varios árboles de guayaba y mangos estupendos, el columpio del montecito que formaba el valle me encantaba y la chimenea que algunas noches mi madre encendía, era una fascinación para mí. Podía pasar horas observando el fuego bailar y los maderos chisporrotear. Llegaba a suponer que tenía vida propia y que en realidad el fuego estaba compuesto de pequeños duendecitos calientes y animados. Por esa época mi cuento favorito era el del zapatero que descubre que en las noches en su taller trabajan pequeños duendes verdes que le cosen zapatos espectaculares con los cuales el zapatero se hace rico. Bueno, en realidad no me acuerdo si se hacía realmente rico porque luego de que su esposa les confeccionara ropa en miniatura, los duendecitos canturreaban, bailaban y se iban.

Mi madre ya no estaba de buen humor conmigo nunca. Sentía que mi presencia la irritaba y era como si no quisiera verme. Desde que llegamos a aquella casa acomodó sus cosas en una pequeña habitación contigua a las tres grandes piezas del fondo, en donde dormían las señoras María, Eugenia y Esther, mientras a mí me envío a dormir en lo que antes era un pequeño cuarto de estar, que tenía un tocadiscos viejo, un sofacama y varios libros gruesos. A un lado de mi habitación improvisada, estaban las camas de las señoras Beatriz, Alejandrina y la detestada señora Olga. A mi cuarto le habían puesto un biombo para que tuviera más privacidad, y nosotros por ser servidumbre, teníamos que ir al baño del piso de abajo en donde, al lado de la cocina y la zona de ropas, estaba la habitación de doña Eloisa, una vieja negra del pacífico que llevaba muchos años cuidando viejitas. Ancianas todas de buena familia y posición acomodada con caprichos incansables, que llegaban a la casa ya enfermas y quisquillosas. Doña Eloisa me decía que en realidad no llegaban a llamarse amigas, o al menos eran pocas las que podían crear tal vínculo con otras porque ya a esa edad, decía, “uno tiene muchas mañas para poder ser amiga de alguien”. Compartíamos mi madre y yo el baño con Eloisa. Esta se encargaba ya únicamente de la comida, de leerles cuentos a las viejitas, y coordinar todos los asuntos de la casa. Contaba, con orgullo, que llevaba muchos años al servicio de los patrones y que antes, cuando era joven como mi mamá, le tocaba hacer de todo a ella sola.

Eloisa me contaba historias de su juventud, todas ellas de pobreza. Su padre había sido pescador en Buenaventura y la madre se encargaba de vender el pescado, de la casa y los hijos. Se escapó de la casa muy joven pues su padre le pegaba mucho y los hermanos mayores también. Se casó con un hombre en Cali y con él llegó años después a la capital. Decía que nunca lo amó pero al menos éste no la maltrataba. Aunque nunca le gustó vivir en la capital pues era muy ruidosa, decía, se acostumbró y después de que su marido la engañó, se dedicó a trabajar en casas de familia. Eloisa contaba todo esto repetidamente pero siempre como si lo hiciera por vez primera, con una riqueza de detalles asombrosa que lograba capturar mi atención así ya me supiera el guión general de la historia. Mientras iba contándome, me dejaba ayudarle a picar algunas verduras y me iba explicando cómo había que cocinar. Me decía que a ella por ejemplo le tocó desde más pequeña que yo, aprender a cocinar para los hermanos, lavarles la ropa, tenerles lista la comida y la casa arreglada para cuando llegaran de pescar. También aprendió desde pequeña a limpiar el pescado y salir a venderlo. Yo me la imaginaba viviendo entre pescado con ese olor que me parecía tan nauseabundo como el de la vieja Olga y me daba mucha pena por ella. Creo que Eloisa estaba mucho mejor ahora, lejos del pescado y de los hombres de su familia. Sin importar de qué se trataran, invariablemente concluía sus historias diciéndome, “la vida es dura mi niña, dura, y las mujeres tenemos que resistir el dolor”. Luego me contaba del parto de sus tres hijos, y se desvivía tanto en detalles que yo, a mi corta edad, ya había decidido sin duda alguna, no tener hijos nunca en mi vida.

Esa noche en que la puerta de la señora Olga estaba entreabierta como siempre y se escuchaban unos ruidos diferentes a los ronquidos de todas las noches, mi madre no estaba en la casa porque era su día libre. En la mañana me había llevado al pueblo cercano ya que yo quería ir a elevar cometas. En Agosto siempre hay vientos, y en la plaza del pueblo hacían una competencia maravillosa. Era delicioso el clima y los vientos en esa época del año, y ver las cometas de todos los colores en el cielo me extasiaba.

Mi mamá había estado un poco más alegre conmigo que cualquier día durante el último año, pero no llegaba a ser esa madre cariñosa y tierna que había sido antes, algo en ella se había perdido, ese amor de mamá y calidez ya no estaban, sus ojos siempre parecían tristes o con rabia, y nunca me sostenía la mirada por mucho tiempo. La boca se le fruncía como si tuviera ganas de vomitar. Yo había pensado al comienzo que estaba enferma por lo que mi papá le hizo esa noche, pero luego me di cuenta que no, que la cara de mi mamá simplemente había adquirido un nuevo gesto al que yo debía acostumbrarme. Ese día me compró una cometa y la elevamos juntas, yo nunca lo había hecho y brincaba de aquí para allá por toda la plaza, mi mamá la sostenía y se alejaba de mí para poner tensa la cuerda, y un señor se acercó a explicarme cómo tenía que mover las manos sosteniendo el rollo de pita, cómo debía desenrollarlo para que cogiera más altura mientras mis brazos debían bajar y subir un poco, siempre reaccionando a la fuerza del aire. Era un ejercicio complejo y por tanto hice muchos intentos, al comienzo solo se sostenía poco tiempo en el aire y luego caía dando vueltas hasta que se golpeaba con el empedrado de la vieja plaza. Mi mamá ya estaba haciendo cara de cansancio, pero luego empecé a aprender un poco más y finalmente logré sostenerla en el aire por un buen rato, al menos durante un tiempo aceptable para ser principiante. Finalmente mi madre se cansó y fuimos por un helado, almorzamos y en la tarde volvió a comportarse fría y distante, cuando yo la abrazaba o me colgaba de su cuello, me retiraba como en un gesto automático. Volvió a acentuar esa mueca de la boca y pasado un rato me dijo que nos fuéramos a casa de nuevo.

Me dejó en casa a las seis y después de un momento de encerrarse en su habitación y hablar con alguien al teléfono, se acercó a mi cuarto en donde yo buscaba entre los libros viejos alguno que tuviera dibujos. Me dijo que saldría con una amiga y que volvería tarde, que le recibiera la comida a la señora Eloisa y me portara juiciosa. Se había arreglado, pintado los labios, peinado y perfumado. Desde hacía mucho tiempo no veía a mi mamá así. Le dije que si podía ir con ella. Me dijo que no fuera tonta y me quedara en casa.

Poco después de que todas las viejitas se acostaron, con la luz del pasillo encendida, empezaron los ruidos extraños en la habitación de la señora Olga. No era el cuchicheo de las oraciones y tampoco el atragantamiento de saliva de los ronquidos usuales. Me levanté de mi cama y me acerqué despacio e intentando no hacer ningún ruido hasta la puerta. A medida que lo hacía me daba cuenta que la señora Olga estaba llorando. Me vio parada en su puerta, supongo que por la sombra que le hice al bloquear la luz del pasillo y preguntó.

-¿Qué haces aquí?.

La señora Olga se encontraba recostada sobre almohadones y en una mano apretaba algo mientras en la otra tenía unos pañuelos con los que se secaba los mocos.

-La escuché y pensé…-.

-Vete a dormir. –Me mandó con amargura-.

-No puedo dormir.

-¿Por qué?.

-No sé.

La vieja calló un rato.

-Tu mamá ha salido, ¿no?.

-Sí, fue a verse con una amiga.

En la habitación había una repisa con muchos libros y fotografías colgadas de la pared, así como dos poltronas bien dispuestas con una mesita auxiliar en el centro que sostenían una lamparita y un florero. De alguna manera podría decirse que era acogedora.

-¿Puedo sentarme?.

Hazlo. Me sorprende que lleves aquí tanto rato. Creo que yo no te caigo nada bien.

Lo dijo mientras me sentaba en una poltrona que tenía junto a la cama y agradecí que no hubiera más luz pues la señora Olga me habría sorprendido roja como un tomate de la vergüenza.

-No es eso, es que… -empecé a balbucear sin saber qué decir.

La vieja debió compadecerse y me alargó lo que tenía en una de sus manos. Lo recibí y me dí cuenta que era una foto antigua, de esas como en un tono gris y en un papel fotográfico grueso. En la foto aparecía una pareja en el día de su matrimonio; él era elegante, recto, con una nariz bien simétrica y proporcionada, cejas gruesas negras, y unos ojos cálidos. Parecía un buen tipo. La mujer era un poco rolliza pero le sentaba, tenía una frente estrecha, un cabello negro ondulado, cejas gruesas y una boca un tanto fruncida. Era más apuesto él que ella, pero ella tenía una mirada determinada y una piel hermosa. Daba un semblante tan agradable que no podía creer que fuera de doña Olga.

-¿Esta era usted?.

-Si, y mi marido. ¿Qué tal te parece? ¿Cierto que era apuesto? Era el hombre más buen mozo del pueblo. Era elegante, simpático, inteligente y a muchas les encantaba.

– ¿Dónde esta?.

– Murió.

– ¿Cómo?.

– De un infarto. Siempre le gustó comer y no se cuidaba ni iba al médico.

– A mí tampoco me gusta ir al médico. -dije.

La señora Olga sonrío un poco y me pareció que incluso con un aire simpático

– Espérate a tener mi edad y verás lo mucho que puedes odiarlos.

-¿Y lloraba porque le hace falta su marido?.

– Si. Siempre lo extraño.

– Yo creo que lo mismo le pasa a mi mamá.

¿Extraña a tu papá?. -dijo la vieja como aterrada-. Pues pienso que no debería.

Yo también, pero no se lo puedo decir.

-¿Por qué no?, ¿Crees que se enojaría contigo si le dijeras?.

-Esta enojada conmigo desde esa noche que mi papá la apuñaló y yo salí a buscar ayuda. No quiere que la abrace y casi tampoco que le hable. Cuando los vecinos llamaron a la policía y llegaron a llevárselo mi mamá estaba preocupada por él. Estuvo rogando que no se lo llevaran y luego en la ambulancia seguía repitiendo lo mismo. Cuando se despertó en el hospital no quería mirarme, preguntaba solo por él, y cuando la vecina, doña Martha le contó que estaba preso, dijo que me sacaran del cuarto y estuvo varios días sin hablar. Creo que ella no quería que yo hiciera alboroto-

La señora Olga pareció indignada.

Pues muy boba porque tu alboroto la salvó. ¿Te imaginas que no hubieras hecho nada? Un buen hombre no hace lo que tu papá hizo, y menos frente a su hija.

Yo empezaba a estar cansada y cada vez más triste, me rasqué los ojos, y la señora Olga me invitó a acostarme en la cama junto a ella. Le hice caso pues no quería estar sola, y por algún motivo, la habitación ya no parecía tener ese olor acre de siempre. Me cobijó y empezó a sobarme el pelo hasta que me dormí.

A la mañana siguiente me desperté y ya debía ser un poco tarde pues la señora Olga no estaba en la habitación. Sentí como si de verdad hubiera descansado esa noche por primera vez en mucho tiempo. Me bajé de la cama apurada, salí corriendo pues quería buscar a mi mamá. En la segunda planta ya no había nadie, todas estaban abajo, pero no se escuchaba el bullicio habitual de las señoras cotorreando, el televisor o la música que a veces ponía doña Eloisa, sino que la casa parecía más silenciosa, con conversaciones y susurros acompañados de algunos gemidos como de dolor. Me detuve en el descanso de la escalera donde nadie podía verme y escuché. “¿Por qué volvería a verse con ese tipo?” decían, “¿Y ahora qué pasará con la niña?”, “Por Dios, ¡Qué atroz!” decía Alejandrina. Yo iba dejando de sentir las piernas, y las manos, el sonido de mi corazón me inundaba, un golpe en el pecho, un punzante ahogo, el mundo parecía irreal y se veía difuso. Era un dolor que nunca había sentido, no se parecía a cuando me caí y me raspé las rodillas en los patines o a cuando mi papá me dio aquel correazo. Era un dolor que no parecía dar cabida al aire o a la vida. Me tropecé en la escalera y se me dobló el tobillo, caí sobre el ancho escalón del descanso y lo último que vi fue a la Señora Olga corriendo hacía mi con una expresión de lástima y compasión, tal vez similar a la que yo en el fondo siempre tuve cuando las observaba, solas, recordando historias de dolor.

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