«Yo, Zorba, y la cuestión interminable, la mujer», le escribe el viejo Alexis al narrador casi al final del libro. Como resumiendo la esencia de sus andanzas, la mujer y la muerte son como dos corrientes de aire sobre la playa cretense, corriendo de aquí para allá, interminables, insondables, imposibles de definir, sobre el terreno de las vidas de los protagonistas. Pero la magia del personaje de Zorba las aborda como es digno de un verdadero maestro de vida; sin miedo.

Hay una muestra, elegante diría yo, de la cultura patriarcal y sus abusos a las mujeres, por parte de Kazantzakis en su libro. Magistralmente a lo largo de todo la novela, se va dando voz a los dolores femeninos en una sociedad implacable, en la piel de personajes de mujeres que se encuentran desprotegidas sin un hombre a su lado, y por tanto también desvirtuadas y aún más vilipendiadas; viudas y mujeres solas, tratadas como los excrementos de la sociedad. Plasma también desde diferentes personajes, la relación de los hombres con esos seres que ven como frágiles, despreciables y necesarios; las mujeres. Pero también se muestra el peso del hombre, el hombre que no puede permitirse la flaqueza, el dolor manifiesto, la vulnerabilidad. Historia ya bien sabida.

En la voz de Zorba, se refleja el salvaje instinto masculino de un hombre que en su pasado estuvo en la guerra y también violó y ultrajó a la mujer, y se mezcla con el espíritu del mismo buen Zorba que se dispone a la pelea abierta y limpia en el pueblo de Creta para defender a la viuda y salvarla de la escena espantosa que relata Kazantzakis, de aquella viuda hermosa a quien se trata públicamente de puta y piltrafa, a quién se culpa tan injustamente por la tentación del deseo incontrolable de los hombres del pueblo. Zorba, ese viejo verde que no se quiere morir y que queden vivas tantas muchachas bonitas; ese hombre que, como cualquier hombre de su condición social en ese momento histórico, las considera seres inferiores y hasta tramposos que quieren atraparlos y depender de ellos, también lo derriten las lágrimas de la mujer, y las compadece y acompaña sintiendo una especial empatía por sus duras vidas, por sus soledades implacables, por su espantosa falta de un hombre.

Zorba, que en ese momento desolador en que muere tan injustamente la viuda, confronta al patrón con el dolor de un niño para que le explique la muerte, es el personaje que sin miedo aborda vida, muerte y mujeres; las cuestiones interminables de todos los hombres. Pero entre tantas preguntas, su erudito patrón se queda sin respuestas, y él, el viejo Alexis, simplemente grita con arrojo la verdad; que en ningún libro se podrán encontrar respuestas porque los maestros escritores y filósofos de su patria griega, no están ocupados en lo que corresponde; en vivir. El que vive, el que vive como Zorba, con un poco de locura esencial, es el que al final siempre podrá reírle a la cara a la muerte y la catástrofe.

Emma Sánchez

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