(Review de Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie)

Chimamanda remueve. Su voz entra como una espiral a remover las ideas asentadas, a cuestionar, a reordenar, y a enfrentarse al mundo dispuesta a mostrarle su propia mugre escondida bajo estereotipos y fachadas.

La magia de Americanah reside, para mí, en esa capacidad, desarrollada por la mente aguda de su autora, de vestir variados arquetipos sociales, dotarlos de carácter, personalidad, cuerpo e historia. Los pone a representar su papel en el escenario desenmascarando la falsedad, los miedos y la estrategia de sus actos, -producto de las embestidas de una sociedad cruel-, revelando así el mito personal de cada uno, ese con el que se plantan ante el mundo. Producto de un análisis concienzudo, cada personaje sale a escena representando a miles de nosotros. Me sentí por momentos ante la sutil grandeza de una escritora con mucha perspicacia no sólo sociológica sino psicológica; algo me recordó a Dostoyevski. 

La historia, como dice Chimamanda en una entrevista, es también una historia de amor. Pero a mi me gustó pensarla como una historia de búsqueda del amor y la verdad personal. Los protagonistas, Ifemelu y Obinze, se conocen en su adolescencia en Nigeria, enfrentándose a las normas, creencias y limitaciones de la cultura nigeriana. Ambos queriendo encontrar sus caminos de desarrollo, que en un país como Nigeria (o bien podría ser Colombia) te impulsan a desear fervientemente la salida del país para buscar educación y oportunidades. Ifemelu termina en Estados Unidos, Obinze en Inglaterra. La estructura del libro te lleva a acompañarlos durante casi 20 años de sus vidas, jugando con diferentes tiempos entre el presente y las reminiscencias, construyendo ese sentido de intimidad y sensación de amistad profunda que llega a sentirse con los personajes. Ambos recorren dificultades que los abaten emocionalmente en dichos países, luchando por un visado, por un lugar, por una voz. Ambos se enfrentan a realidades desagradables de estas sociedades de blancos y de poder económico, que los hacen crecer desmontando idealizaciones, profundizando en sus propias posturas ante las injusticias del mundo. 

Con Ifemelu el lector recorre una búsqueda firme e imperturbable de sinceridad, de verdad en todo lo que la rodea, como quitando constantemente máscaras y capas de cebollas a las realidades del racismo, las clases sociales, los estereotipos de belleza de la mujer, la cultura patriarcal presente en Nigeria y Estados Unidos. Ella te mete en la piel de mujeres inseguras, arrastrando ese legado tirano que les manda a buscar en la protección de un hombre su propio valor personal perdido; historia femenina que trasciende fronteras de países y es universal. Ifemelu, quien termina creando un blog sobre la raza y siendo comentarista cultural, desgrana sin descanso la compleja maraña de los juegos entre los mundos femeninos y masculinos; entre blancos y negros; ricos y pobres; ciudadanos e inmigrantes;  siempre subiendo el volumen a lo que no se dice, a esos innúmeros actos y guiones tácitos sociales que esconden verdades muy perturbadoras en caso de ser dichas. Con ella te sientes impregnada de la activista que quisiera subir el estándar de la sociedad para hacerla más digna de admiración y respeto, más real y auténtica, más descarnada, más humana.  

Con Obinze se vive un cuestionamiento más analítico del mundo, tal vez más cauto y profundo. Un hombre que parece estarse encontrando constantemente con sus límites de lo que puede consentir y lo que no. Años después goza de prestigio y dinero en una sociedad en donde entre más poder se tiene, mayor bruma de falsedad social te rodea. En el encuentro de ambos protagonistas en Nigeria, 13 años después de la partida de Ifemelu a Estados Unidos, Chimamanda aprovecha para introducir una radiografía de una Nigeria más actual, y que a mi juicio comparte grandes rasgos con países como Colombia, con alta corrupción, mentalidad de escasez e ideas conservadoras patriarcales. En Obinze recae la decisión final del libro que lo enfrenta a ser honesto consigo mismo, y creo que éste es un excelente cierre de un viaje de encuentro con la verdad personal y la conformación de una postura congruente de vida, así ésta implique la afrenta a una sociedad que todo el tiempo ha asfixiado a sus protagonistas, igual que a todos nosotros.

Americanah es sin duda un libro importante, bien escrito y estructurado, que puede combinar una sutileza lírica con una contundente crítica social erudita. Chimamanda hace una muestra de ser una excelente novelista, tejiendo con profundidad y cuidado una historia digna de leerse. 

Por Emma Sánchez

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