(Review de El cuento de la criada, de Margaret Atwood)

La mujer criada. La mujer objeto. La mujer polvo. “Nolite te bastardes carborundorum”, “No dejes que los bastardos te hagan polvo”, es la frase que como un ruego de un espíritu del más allá, un imperativo de última lucha, le llega a la protagonista de este cuento, proveniente de la criada que ocupó su lugar antes que ella. La frase tallada en la madera del armario, en un lugar lo suficientemente secreto, se alza como un susurro constante que invita a mantener un sentido de dignidad, aunque el solo significado de esta palabra parezca tan olvidado y desconocido como alguna de un lenguaje antiguo que ya nadie usa.

Atwood es metálica como una lámina afilada; tan precisa, tan clara en lo que dice y tan astuta en lo que deja sin decir, en lo que permite que vuele en el aire suspendido, haciendo que al lector le corresponda saltar y agarrarlo. No hay exceso. Y esto, a mi juicio, permite que el cuento se abra paso como contado en una habitación a oscuras una noche de tormenta, con una pesadez de metal, de estocada. 

La elección de la palabra cuento, o “tale”, me parece muy acertada. Este cuento es sobre un mundo de futuro distópico, en el que ha surgido una tecnocracia que devuelve a la sociedad al puritanismo más restrictivo, y a un régimen público tirano que esclaviza sexualmente a mujeres, (“criadas”), utilizando las representaciones bíblicas para volver a la mujer un objeto vacío, productora de bebés, abnegada, violada y sacrificada para la reproducción de la especie, teniendo que regalar sus hijos a los poderosos. Toda la narración tiene ese tinte de los relatos de una posible sobreviviente, incluso alguien que sigue contándolos en la premura del posible peligro inminente. Los eventos van y vienen regidos por las reminiscencias de su autora y éstas tienen una perfecta coherencia con sus dinamismos emocionales. 

La opresión, el miedo, la angustia por lo incierto, la tristeza, la impotencia son palpables y sentidas por el lector que escucha este cuento, el cuento de Defred (de Fred). Su desgarrador debate entre dos oscuras posibilidades: perder recuerdos para volver a sentirse un ser; o el olvido como último recurso para mantener la cordura. “No dejes que los bastardos te hagan polvo”, casi parecemos susurrar los lectores de El cuento de la criada; «síguenos contando». 

El escalofrío se te instala cuando piensas que esta distopía no está tan lejos de la realidad, que incluso mucho de ella ya ocurrió y estaba sucediendo por los años 80 en que el libro fue escrito. Pero además, cómo no sentirlo aún cuando hoy ante el mundo (Enero 6 de 2021, día en que los simpatizantes de Donald Trump se toman el Capitolio en Washington), sospechas que bien podría suceder. El libro refleja la adopción del conservadurismo por parte de los Estados Unidos, como lo demuestra la elección de Ronald Reagan como presidente, así como el creciente poder de la derecha cristiana y sus poderosas organizaciones de cabildeo que en Estados Unidos se llamaron, la Mayoría Moral, Focus on the Family y la Coalición Cristiana, las cuales promovieron además un fuerte televangelismo. El personaje de Serena Joy, la Esposa del Comandante Fred, a quien pertenece Defred la protagonista, es una ex televangelista que sugería políticas teocráticas que ahora la han obligado, como a todas las mujeres, a una vida exclusivamente en casa. 

Por otra parte están los ataques a los derechos reproductivos de la mujer. La reacción violenta contra el aborto en los Estados Unidos en ese momento era muy fuerte, hubo un video de propaganda llamado «El grito silencioso», también incendios provocados y atentados con bombas en clínicas de aborto, así como una ley propuesta que otorgaría a los fetos protecciones de derechos civiles. La administración Reagan también rompió con una política de larga data y declaró que el gobierno de Estados Unidos financiaría solo grupos internacionales de salud femenina en países subdesarrollados, que promovieran la planificación familiar «natural». Atwood nos resalta el sexismo en el libro del Génesis, y sus ideas tampoco estaban saliendo de la pura imaginación, pues en países como Rumania ya habían políticas ante las mujeres embarazadas y control natal. Así como la idea de «dar» la descendencia de las clases bajas a la clase dominante vino de Argentina, donde una junta militar tomó el poder en 1976, y posteriormente «desapareció» hasta 500 niños y los ubicó con líderes seleccionados. Así que cómo no sentir que ese puritanismo que parece del siglo XVII y que se toma el control de la vida y la sexualidad femenina en El cuento de la criada, no nos toca aún los talones a los ciudadanos del 2021 que seguimos luchando por acabar políticas represoras. 

Seguramente se me quedan sin incluir muchos otros detalles y fuentes que inspiran este gran trabajo de Margaret Atwood, y tal vez una investigación más rigurosa pueda conllevar a un análisis y texto más profundo, que se merece esta obra. Rescataría además toda la iconografía y simbolismo de este mundo distópico que deja una huella sensorial casi febril en el lector. Al ser tan elaborada, permite la inmersión psicológica en un mundo con sus propios códigos, tan parecidos a los códigos de otros regímenes totalitarios, permitiéndonos a los lectores sentir el abatimiento de un mundo oscuro, lleno de rojo sangre, que te hace polvo. 

Por Emma Sánchez

@lectoraentintada

Ilustración propia – Ink on paper

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