(Impresiones sobre El infinito en un junco, de Irene Vallejo)

Con el delicado cuidado con el que los antiguos escribas egipcios reproducían símbolos sobre papiros, puedo imaginar a Irene Vallejo entrelazar cada página que compone su libro, un libro sobre los libros, con la entrenada dedicación de una paciente artesana. Cuida sus ideas y el baile de sus palabras, dibuja con proeza las líneas de la historia y suma la musicalidad de la poesía, permitiendo que ambas -historia y poesía- construyan el sostén ideal para abordar la complejidad del tema que se propone El infinito en un junco. Se la siente libre y expresiva, y con una pasmosa capacidad para viajar en el tiempo entre pasado, futuro, presente, realidades ficcionales de películas y libros, y episodios autobiográficos, todo bien hilado y encauzado para que el lector dance también la partitura del junco. 

Este libro tiene un movimiento de planta alcanzando altura como queriendo tocar el sol, o tal vez mejor de río indetenible que fluye y se abre paso por tierras diversas llenándolas de vida. Conocemos en él el proceso de la humanidad misma en su relación exultante, misteriosa, complicada y cambiante con la palabra y las historias, el saber y el pensamiento. Es un libro sobre la historia de la creación de los libros, las bibliotecas, los bibliotecarios, escribas, escritores, esclavos, lectores, libreros, emperadores locos de poder y delirio de expansión, y mujeres limitadas en su voz pero grandes en su espíritu e inteligencia. Con la historia de los libros crece la historia de los hombres, de guerras y destrucciones, de ideas asombrosas y nefastas, de ese enorme espíritu del hombre por extenderse y crecer, por aprender y conservar. 

Este libro me hizo recordar un dolor en mi corazón de lectora apasionada a mis catorce años. A esa edad, en la que algunas compañeras de colegio disimuladamente ya me decían “ratón de biblioteca” como por no hacerme un bullying directo, -lo cual agradezco-, yo pasaba muchas veces el tiempo del recreo yendo a perderme en las hileras de libros de los estantes de la biblioteca. En esas búsquedas encontré El nombre de la rosa y lo llevé conmigo a casa. Creo recordar que tuve entre mis manos a Graham Greene y a Umberto Eco haciendo competencia, pero siempre he sentido esa intuición difícil de describir, ese llamado de los libros que es como un susurro de fantasmas, y más parece que ellos me eligieran a mí que yo a ellos; así que esa partida la ganó Eco. Al salir ese día del colegio, y como el libro era de buen grosor y no me cabía en el morral, mi profesora de literatura me vio con él mientras esperaba el bus, y me dijo: “Te llevas un gran libro. Ojalá lo disfrutes”. Esa tarde en casa lo inicié y no pude parar, no hice ninguna tarea del colegio por varios días, y hasta en los descansos del recreo salía con él a leer mientras las demás hablaban de sus nuevos novios. Yo me tardé en tener novio porque me gustaban más los libros. Pero en todo caso tuve un tórrido romance con éste. Recuerdo devorarlo fascinada, y en especial pasar mucho tiempo imaginando la biblioteca gracias a las descripciones de Eco y al plano dibujado, ese mapa del mundo misterioso y contenedor de tanto saber. Pues fue así de grande mi encantamiento que al final del libro, cuando la mágica y sabia biblioteca arde en fuego, lloré desconsoladamente sin parar por más de una hora. Me dolía inconmensurablemente pensar que una biblioteca así de magnífica se quemara. Comprendí en ese entonces que sentía un enorme respeto por esos lugares casi que sagrados para mí. En años siguientes me encontré con Borges y La biblioteca de Babel, y por supuesto con la historia misma de la biblioteca de Alejandría, y también sentí un profundo pesar cuando las bombas de Irak destruían textos que solo puedo alcanzar a imaginar en su valor incalculable. Si, soy del grupo de gente que como Irene Vallejo, lamentan la destrucción de las bibliotecas con una genuina sensibilidad enraizada en el alma.  

Agradezco a este libro ese hermoso recuerdo de mi adolescencia, y la larga lista de fragmentos, frases agudas y fabulosas que me acompañaron estos días de lectura, y dejo subrayadas en éste, un nuevo libro más de mi humilde biblioteca personal, al que estoy segura que volveré de tanto en tanto para deleitarme con mi lectura en voz alta, dando musicalidad a las palabras de El infinito en un junco, convirtiéndome en la intérprete que le presta mis cuerdas vocales a la partitura del infinito; el libro.

Emma Sánchez

Ilustración propia en tinta, inspirada por la lectura de El infinito en un junco.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s