Un canto a la vulnerabilidad

(Impresiones sobre La canción de los vivos y los muertos, de Jesmyn Ward)

Jesmyn Ward, en su premiado libro La canción de los vivos y los muertos, nos conecta con la tristeza, la confusión, la dureza de una vida que retrata la historia negra americana de un modo cada vez más sobrecogedor. Como en el crescendo de un canto funerario o el ritmo de una ola que sube haciendo espuma, así va creciendo la vulnerabilidad en la obra y en el corazón del lector. 

La autora te mete en la piel de Jojo, un niño afro de trece años en Mississippi, creciendo como puede en medio de una familia turbulenta y pobre. Es un niño sufriendo y debatiéndose internamente entre tener que ser grande, pero sentirse aún como un niño vulnerable, muy dolido por el desamor de su madre y la ausencia de su padre. Jojo es un niño parentalizado, debe asumir el rol maternal para su hermanita Kayla de tres años, pues su madre Leonie, a quién ya hace mucho no le dice “mamá”, es adicta a las metanfetaminas y al amor de Michael; una madre negligente, física y psicológicamente.  

Pero Ward también te mete en la piel de Leonie, confusa, desesperada, sintiéndose desprotegida con Michael en la cárcel, ganando poco en un bar, viviendo con sus padres de quien siente el reproche por no ser la madre adecuada, la mujer adecuada. Leonie sufre de vivir una vida que en realidad no hubiera elegido a sus diecisiete años cuando quedó embarazada, y que sigue sin querer elegir. Ella solo quiere olvidar y acurrucarse en el amor de su hombre. 

Y también están Pa y Ma, los abuelos, padres de Leonie, a quienes Jojo considera sus padres. Son los abuelos protectores y amorosos, pero Ma está muriendo de cáncer, y Pa carga un gran peso en sus hombros y su consciencia. El libro para mí alcanza un climax maravilloso cuando conocemos el mar revuelto que se encuentra al interior del cuerpo recto, digno y firme del viejo negro Pa. 

Así, vas entrando a la piel de uno y saliendo para aterrizar en la piel del otro, como apareciendo y desapareciendo van sucediéndose los fantasmas que los rodean, espectros penitentes de dos muertes violentas e injustas, representaciones de las virulencias raciales de Estados Unidos. A través del viaje que vive Jojo con su hermana y su mamá por las carreteras del estado hasta la cárcel Parchman, antigua cuna de torturas contra negros presos, la trama va desarrollándose de modo más convulso y agitado, sintiendo los bordes de la muerte y los límites de la sanidad mental de cada uno. 

Hacia el final del libro la autora se enfrenta al reto de poner en escena una coreografía entre vivos y muertos, reto que entiendo no es fácil y podría ser el causante de que la potencia de la historia parezca trastabillar un poco. Sin embargo, el toque emocional que logra Ward con su lirismo y simbolismo es consistente y me dejó con el sentimiento de vulnerabilidad en mi propia piel al despedirme de la historia. Lo cual agradezco.

Por Emma Sánchez

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