(Impresiones del libro Kentukis, por Samanta Schweblin)

La soledad nos hace vulnerables. Por supuesto no me refiero a estar solo de vez en cuando, que bastante bien nos trae. Hablo de la verdadera soledad; la distancia de vínculos, la ausencia de sentido de propósito, la desconexión íntima de las propias necesidades. En ese hueco desalojado del ser encuentra su asidero un Kentuki. En el mundo creado por la escritora Samanta Schweblin en su libro Kentukis, se pone en juego a mi parecer el lugar psicológico profundo desde el que se pueden entender las necesidades contemporáneas en cuanto a la conexión humana; las que vienen a intentar «suplir» las conexiones tecnológicas.

El mundo que crea Schweblin está tan cercano a la actualidad, o incluso al pasado de hace apenas dos décadas, que no es difícil entrar al libro como quien entra a una vida conocida. ¿Quién no ha aprendido a manejar cada app gracias al diseño estudiado de la psicología, en esa área llamada «Experiencia del usuario»? ¿No ha sido ese diseño «intuitivo» el que nos lleva a dejarnos enseñar por la app lo que ella quiere enseñarnos? ¿Y no es en esa misma forma de pastoreo que todos nosotros nos vamos dejando pertenecer, y crear sentido de pertenencia, a un mundo virtual en el que pastamos cada vez más horas al día? Así, Schweblin nos va mostrando cómo entran los Kentukis -muñecos con ruedas y ojos que son una cámara de la cual está conectada otra persona-, a las vidas de personas de diferentes edades, en diversos lugares del mundo. Es un mundo siniestro, pero tal vez porque es bastante posible.

La narración de Schweblin se dispersa como lo hacen también los Kentukis, que cada vez se venden en más lugares del mundo y protagonizan historias asombrosas. Con la rapidez del mercadeo eficiente estos muñequitos se encuentran ahora haciendo parte del escenario público de las ciudades, caminando por las aceras o acompañando a sus «amos» como lo hacen las mascotas. Así la autora nos cuenta las vidas de varios personajes simultáneamente, y sus procesos de inicio, encariñamiento y extrañas interacciones con sus animalitos tecnológicos. Por otra parte también estan los «seres», los que no tienen un Kentuki sino que eligen ser uno y pasar horas tras la pantalla de una tablet viendo el mundo desde las casas, espectadores de las situaciones privadas de sus amos.

Y en este punto suceden los fenómenos psíquicos maravillosos que pueden ocurrir en cualquier mundo y relación entre dos. Por ejemplo me encantó que se introdujera un sesgo cognitivo humano muy común; el de crear una especie de historia sobre los otros y creérnosla sin verificación alguna. Así ves a los personajes «amo» atribuirle a sus muñequitos (conejito, panda, topo, dragón, cuervo) un género y hasta la presuposición de una edad, sin tener ninguna idea de si el que está detrás de las cámaras de esos ojos tiernos, es un hombre, una mujer, un viejo, una anciana, un niño o una niña. Los personajes sencillamente iban creando su propia historia «biográfica» de su mascota. Empezaron a relacionarse con el observador mudo de una forma específica, llevando a desenlaces complicados por supuesto, porque la realidad no es como te la imaginas.

¿Y qué tipo de persona es la que puede comprar algo así, dejando que por medio de una figurita tierna, un desconocido ande por su casa registrando todas sus intimidades? ¿Y qué le pasa a la persona que decide ser una cámara ambulante observando las casas, conversaciones, cuerpos desnudos y vidas ajenas? ¿Cómo pueden pasar progresivamente los unos y los otros, horas enteras de su vidas estando pendientes de su interacción?…

… Es muy cercano a lo que ya hacemos todos durante varias horas del día hipnotizados por el scrolling en Instagram.

Y es así de potente no solo porque seamos seres con pulsiones voyeuristas o exhibicionistas. El mundo contemporáneo nos arroja cada vez más a la desconexión de un sustrato psíquico esencial: la conexión humana cercana, y no solo de cercanía física, sino la conexión de apertura emocional, la intimidad del vínculo que nos permite la vulnerabilidad, la capacidad de tener tiempo para el otro. Me parece que Samanta Schweblin lo delinea muy bien mostrándonos unos personajes que prefieren vivir las vidas del Kentuki que las suyas propias, personas doliéndose de cierto vacío, rodeados un poco de nada. En este escenario de vida, ¿Cómo no nos apegaríamos todos a unos ojitos grandes y cuerpo redondo de felpa que nos sigue con lealtad?

Emma Sánchez

Samanta Schewblin (foto de libre circulación)

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