(Impresiones sobre La guerra no tiene rostro de mujer, de Svetlana Alexiévich)

¿Cómo poder expresar otra impresión sobre el libro “La guerra no tiene rostro de mujer” de Svetlana Alexiévich, que no sea esta conmoción de artefacto explosivo al encontrar los sentimientos vivos, las historias verdaderas, las evocaciones de un sufrimiento colectivo en las voces de tantas mujeres? Es una colección, que parece infinita, de voces que susurran entre lágrimas las sombras de la guerra en la piel, en los cuerpos jóvenes y puros, en las trenzas de niñas, en la valentía increíble de mujeres en la guerra. 

Como lectora no me ha sido fácil entrar y sostenerme en el libro por largos tiempos. Se me ha asemejado a la entrada a un salón lleno de mujeres, hablando al tiempo, en donde pasas de una a otra capturando un pedazo de su narración, y todas duelen, y en todas te preguntas: ¿Y si hubiera sido yo qué habría hecho? ¿Cómo habría corrido y marchado con un fusil calzando unas botas militares número 42 cuando soy 35 y los pies sangran? ¿Cómo hubiera cargado más de 25 heridos por combate pesando cada uno más de 80 kilos con botas y armas, mientras a mi lado aturden las balas?¿Cómo habría dejado a mi madre sola llorando en casa con hermanos pequeños? ¿Cómo habría podido convivir con las ratas, cómo me habría sentido menstruando en cualquier momento en donde no hay tiempo para menstruar? ¿Cómo habría podido seguir viviendo encontrando mis muertos en los sueños?…

La guerra es un gran misterio, dice Svetlana. “Para descifrar el misterio intento reducir la Gran Historia hasta darle una dimensión de persona. Espero hallar las palabras. Porque en este terreno supuestamente reducido y cómodo para la observación, en el espacio de una sola alma humana, todo es aún menos concebible, menos predecible que en la historia. Me encuentro ante lágrimas vivas, ante los sentimientos vivos. Ante un rostro humano real, al que durante la conversación recorren sombras de miedo y de dolor. A veces incluso surge ese subversivo pensamiento sobre la escurridiza belleza del sufrimiento. Entonces me asusto de mí misma…”

Y yo también me asusto de mí cuando quiero cerrar el libro y no saber, casi que compensarme con una comedia en Netflix que me aliviane el mal sabor de boca. ¿No es lo que nos pasa a todos? No querer conectar mucho tiempo con el horror humano, verlo en diferido, sentirlo de lejos. He vivido en un país en una guerra de más de 50 años y yo también tengo mis modos sabidos de apagar mi consciencia para no llorar. No me siento orgullosa… vuelvo al libro. Encuentro la mujer que soy en todas las mujeres entrevistadas por Svetlana. Encuentro la terapeuta que soy en la misma Svetlana que escucha y pregunta. Encuentro, como ella, la guerra en la voz de la mujer, la guerra que ve lo humano en todos, la que incluye olores, sabores, sentimientos ocultos, expectativas, ilusiones, necesidades de belleza, vulnerabilidad. 

Las mujeres, que en cada guerra grande o chica, desde que el ser humano existe, han sido ultrajadas, violadas, agredidas. Se les ha despellejado la dignidad. En esas mismas mujeres se aloja la capacidad de cuidado, la sensibilidad por la vida que no cede al aplastamiento de la muerte. Encuentro la grandeza del ser humano en el rostro de la mujer. Y me duelo y me conmuevo y las admiro y las pienso. Escucho dentro de mí: la esencia de la mujer es más grande que la guerra

Emma Sánchez

Svetlana Alexiévich - La guerra no tiene rostro d emujer
@emmaentinta

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