(Impresiones de ‘La campana de cristal’, de Sylvlia Plath)

Esther Greenwood empieza siendo la representación de una “chica ganadora”, y ‘La campana de cristal’ es el viaje de esta chica que carga sobre sí la presión aplastante de lo que implica ser exitosa en todas las tareas de la vida para una mujer de diecinueve años, inteligente y con sueños de ser escritora. La campana desciende sobre Esther dejándola paralizada en un mundo externo donde nadie escucha. 

Se encuentra en Nueva York junto a doce selectas jóvenes que han ganado una competencia literaria de una reconocida revista de moda. El premio es una temporada en la gigantesca metrópolis -lugar de los ganadores en la vida- para ser parte de la redacción de la revista, mientras la atiborran de regalos publicitarios y eventos de sociedad. Esther se intoxica emocionalmente de la angustia de sentirse inadecuada, insuficiente. Y desde ese brillante rascacielos neoyorquino con su prometedora lotería de posibilidad, empieza a decaer a la oscuridad y asfixia de la depresión, al intento de suicidio en el sótano de la casa de su madre, a la oscuridad de los electroshocks y a la bruma blanca del manicomio. 

La hermosa escritura de Sylvia Plath, -en su primera y única novela-, se expone con la cuota de lirismo necesaria para mostrarnos el mundo interno de Esther, logrando una justa representación de la crudeza que sabemos ha sentido en carne propia. La autora se suicida un mes después de publicada la novela en el Reino Unido, y su libro tiene un carácter autobiográfico narrando lo que la misma Plath atravesó en su depresión. Su relato de la búsqueda de métodos y espacios para suicidarse, su honesta exhibición de los pensamientos lúcidos de temor al dolor de la muerte, la  descripción del avance de las sensaciones corporales y mentales que acompañan la caída en la enfermedad mental, su certera apreciación de las exigencias sociales que presionan a la mujer en aquella campana traslúcida, son increíbles. 

La campana de cristal es además una transparente crítica al machismo, a ese mundo en que el mundo del hombre es diferente del de la mujer, y ella no quiere ese mundo; ni casarse, ni tener hijos, ni quedarse siendo taquígrafa secretaria a la que le dictan cartas hombres importantes. Ella quiere ir a la universidad, ser poeta, dictar sus propias cartas, ser libre. 

Me gusta como Plath ubica a Esther en Nueva York en el medio de dos fuerzas representadas por dos mujeres opuestas: Doreen, la belleza seductora, estrafalaria, elegante, que goza de atraer a los hombres; y Betsy, la virtuosa, pura, dedicada, competente. Y Esther está ahí en el medio, ni demasiado mundana ni demasiado puritana. Ni tan bella ni tan dotada de conocimientos. Ha ganado becas pero su jefe, editora de la revista, aplasta su frágil y ya maltratada autoestima recalcando su falta de aprendizaje de otros idiomas, su necesidad de esforzarse más para llegar a ser alguien. Pero, ¿quién?:

“Traté de imaginarme cómo sería todo si Constantino fuera mi marido. 

Significaría levantarse a las siete y prepararle huevos con tocino y tostadas y café y vagar en bata después de marcharse él al trabajo, lavar los platos sucios y hacer la cama y luego cuando él regresara a casa tras un agitado, fascinante día, esperaría encontrar una gran cena y yo pasaría la velada lavando aún más platos sucios, hasta caer en la cama, totalmente exhausta.”

Y continúa,

“Así que empecé a pensar que tal vez fuera cierto que casarse y tener niños equivalía a someterse a un lavado de cerebro, y después una iba por ahí idiotizada como una esclava en un estado totalitario privado.”

En este mundo desmedido de demandas esclavizantes, Esther no puede decidir, y por supuesto que no puede porque elegir cualquier camino supone una pérdida, supone un temor de enfrentarse al mundo cuando los mensajes invalidantes de este mundo han calado ya en los huesos de su propia voz interior. 

“Convoqué a mi pequeño coro de voces. 

¿No te interesa tu trabajo, Esther?

Tú sabes, Esther, tienes todas las características de una neurótica. 

Nunca vas a llegar a ninguna parte así, nunca vas a llegar a ninguna parte así, nunca vas a llegar a ninguna parte así.”

La asfixia que empieza a llover sobre Esther dejándola deprimida es tan magníficamente elaborada por Plath, quien de modo progresivo va mostrando las señales de consternación y vacío. La voz que le suena hueca hasta a ella misma, el desfallecimiento del cuerpo, la apatía, el deseo de esconderse de todos, la extrañeza ante el propio rostro frente al espejo, el insomnio cada vez más devastador. La pequeña chispa de energía para creer en las esperanzas, que se va apagando como una leve llama de un cerillo. Mientras la leía, recordaba las tantas veces que en más de una década y media como psicoterapeuta escuché esas mismas historias vitales, acompañando las vidas de personas con depresión. La campana que encierra en su propio aire viciado, que distancia del resto de la humanidad, sin poder salir, sin poder tener ánimos de dejar entrar, entre protectora y despiadada, es la humanidad que Sylvia Plath nos saca a la luz para, tal vez, iluminar nuestra ceguera como sociedad.

Por Emma Sánchez

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