Ahora juego ajedrez como condenada. Es como si estuviera presa y el juego, sus fichas icónicas y su tablero ordenado en la pantalla del teléfono me salvaran de la cavilación enfermiza de los días en la prisión. Me he ido saliendo de las redes sociales como una adolescente fugitiva de una fiesta abrumadora. Pero qué hacer con la inquietud de mis manos, con ese móvil vacío como el de una anciana. Dónde ubicar la estantería de la cabeza. Los pensamientos que se pelean por existir. Las manos necesitan un asidero, una dosis dopamínica de igual fuerza a la corriente que ya conozco, la de cuando fumaba cigarrillo. ¿Hace cuánto fue eso? Parece otra vida. Esa en que necesitaba ese cilindro con el mismo automatismo, con el mismo talante de vida o muerte con el que un bebé jala de la teta. Se acaba una partida, empieza otra. Antes decía que esto le hacía mayor bien a mis neuronas que desfilar los ojos por un rollo de fotos ajenas y toda esa basura de publicidad subliminal, pero ya no estoy tan segura. Teta. Cigarro. Redes. Ajedrez. Escribir. Me muerdo el labio inferior, se despelleja un poco como siempre. Placer. Náufraga en la fastidiosa repetición. En ese mar que no se detiene entre una acción y la siguiente duplicada. Existo a la deriva de mi misma. Sabiendo la inutilidad de todo esto en un segundo. Olvidándolo en el segundo siguiente. 

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