El cerdo

Al cerdo lo mataron un veinticinco de diciembre y todos parecían felices. Una hora antes de que colgara con la panza abierta y ya sin tripas de un gancho metálico en el patio de la finca, yo había estado jugando con mi patineta en la zona de parqueo. Sobre un platón que recibía su sangre chorreada empezaron a cortarlo por pedazos y a ponerlo en el asador de leña con un adobo que olía a hierbas. Todo él iba a servir para alimentar a la manada de familiares trasnochados. Pero a la hora en la que al cerdo lo querían matar en el patio de atrás, yo me levantaba de una caída después de un giro fallido por mi mal desarrollado equilibrio. Sus chillidos agudos y angustiados me calentaron la tripa. Lo ví correr agitado entre los autos intentando escapar de los hombres hambrientos. Venía hacia mí sin saber ninguno de los dos qué debíamos hacer. Lo alcancé a tocar y me miró fijo. La mirada de un condenado desesperado entre una jauría de locos. Durante esa hora la realidad giró tan rápido como su carne en el asador del tío. La piel rosada pronto pasó a ser un cuero tostado que todos se rechupaban, mientras los lagrimones de grasa les rodaban desde los labios. Todos lo comían, nadie lo recordaba. 

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