Ninguno podía parar. Hacia la medianoche se pondrían en pie en medio de la más perturbadora ventisca y con la oscuridad que se refleja sobre la blanca nieve, todos los miembros de los equipos acomodarían las provisiones, alistarían los trajes, la compleja red de cuerdas y arneses, y continuarían su ascenso al pico del Everest. En el campamento, todos los hombres eran conscientes de que el clima podría cambiar de un momento a otro, y que con suerte solo algunos llegarían a la cima.

Un alpinista está rendido en su carpa, se quita las botas, cierra los ojos y bebe a sorbos pequeños y sonoros el café caliente que su compañero, ya dormido, ha preparado hace un rato. A su alrededor, oye el murmullo de algunos hombres de otras carpas intentando dejar todo listo para dormir unas tres o cuatro horas, y más cerca los ronquidos suaves de su compañero, un tanto sibilantes. También se oye el viento, un fantasma que presuroso baja en picada desde la cima y continúa su descenso silbando una canción de cuna. El alpinista cierra los ojos y aguza el oído. El viento rueda anunciando posibles avalanchas. Suspira, alcanza nuevamente las botas mojadas frente a la bolsa térmica, y decide que tiene que orinar. Ya afuera, siente que la asfixia ha cedido y los pulmones se le llenan de aire filoso y trémulo. Estira las piernas y una corriente caliente de sangre le baja hacia los tobillos reviviéndole los músculos; el dolor es siempre señal de vida.

El alpinista permanece un rato ahí dejando que caiga su chorro cálido en su termo de la orina, oyendo aún a sus compañeros de equipo y de los otros grupos de alpinistas acomodarse en sus carpas, y algunos como él, alargando el tiempo antes del reposo. Se concentra en sentir los dedos de su pie derecho. Hacía horas no sabía nada de ellos. El olor acre de su orina se mezcla con el invisible de la nieve y él de repente se siente más tranquilo que en la carpa. Pero su ardor al orinar y el color que alcanza a sospechar en medio de la noche, le recuerdan la deshidratación. Sabe sin embargo que no podrá parar, que no desistirá mañana ni en todos los días que le quedan, y se dice: “Si ya llegó mi hora de morir que muera aquí; si el Monzón y la montaña así lo quieren, así será; ojalá no antes de la hora de mi llegada a la cima.” De regreso a la carpa, recuerda una noche que pasó en vela sin poder pegar el ojo, la anterior a su primera excursión a una cima, su padre le había prometido ayudarlo a escalar una gran roca.

Esa noche, más temprano, Robert, Greg, Peter y Jim, los líderes de los equipos se pusieron a organizar el plan de ascenso. Tuvieron algunos desacuerdos porque Robert no quería intentar un tramo tan largo sino dividirlo en dos jornadas, mientras Peter insistía que sí se podría realizar de un tirón para alcanzar a llegar al campamento cuatro, que ya lo habían probado la vez anterior, y que demorarse solo agotaría sus fuerzas. Todos sabían lo que se venía, lo que se estaban buscando por no haber querido cancelar el viaje en el campamento base. En el aire de la tienda de campaña se sentía circular el gélido latido de la muerte. A Jim el argumento de Peter tampoco le convencía, le parecía que siempre abusaba de su buena suerte. No quería sentir que por su exceso de confianza se iba a dejar arrastrar a una misión que ya de por sí se veía como suicida; escalar el Everest en esta temporada del año, ya tan tarde, tan cercanos a las fechas que todos saben prohibidas.

El aire de la carpa se había ensombrecido, pero Greg que siempre parece positivo y ecuánime, y quien tiene una voluntad tan de hierro como la fortaleza de sus músculos, propuso que esta noche en la madrugada iniciarían con agilidad, pero que llegada la mitad de la mañana, dependiendo de cómo iba todo el equipo en cansancio y en ritmo, y por supuesto que si para esas alturas no se les había venido encima la tormenta, lo decidirían ahí.

El resto calló y Greg decidido a animarlos a todos, abrió su termo con té y el olor herbal y dulzón de la mezcla especial de Greg pareció hipnotizarlos. Pasó llenando sus tazas y de pronto se veía a Peter más animado y excitado, riendo con Robert. El resto de los alpinistas del equipo de Robert y de Jim ya se iban a dormir y se escuchaban de afuera los murmullos y risas de todos despidiéndose, deseándose un buen sueño reparador del cansancio que a esas horas del día ya iba paralizando los pies y entumiendo la perseverancia.

En la tienda de campaña donde estaban, nadie sentía aún el deseo de dormir y menos después del té reparador de Greg, así que éste les propuso jugar un rato y sacó un mazo de cartas de su morral. Peter fue el primero en entusiasmarse y en improvisar una especie de mesa. Robert, que era el alpinista mayor y más experimentado del grupo, dijo:

 —¿Saben? Cuando era bien joven, en la época del último año de secundaria empecé a jugar en el casino, y durante varios años casi me convertí en adicto. Perdí mucho. Si juego, no apuesto, ¿eh?

Los demás guardaron silencio, comprensivos. Pero Peter preguntó rápidamente:

—¿Y cómo dejaste lo dejaste? El juego, digo.

—La cambié por la escalada.

Rieron a carcajadas. A Greg se le cayeron las cartas que estaba barajando y volvió a empezar.

—O sea que debes ser muy bueno jugando, Robert. Por mí mejor que no apostemos porque seguro perdería. Nunca juego a estos juegos —, confesó Jim.

—Bueno, ya veremos si me acuerdo cómo ganar, para ganarte al menos una Jim. Me lo debo desde que el año pasado me aventajaste en nuestro récord de cimas de los picos de 8k. Siempre me ha costado mucho el K2. Esa vez que me tocó devolverme, estaba furioso.

—Tranquilo Robert, que en carrera larga hay desquite — decía Jim con aire amable, pero sabiendo que Robert se sentía en el fin de su carrera.

Robert asintió mientras recogía sus cartas tapadas que Greg ya le había repartido a cada uno. El viento pareció estremecerse en ese instante y una ráfaga hizo que todo temblara, incluso el propio Robert se sacudió violentamente por dentro. Las luces de las lámparas se opacaron y todo bajo el toldo pareció más fantasmal mientras el viento rugía imparable desde lo alto. Si en dos días lograba llegar a la cima del Everest por quinta vez en su vida, sabía que sería la última. Nunca podría ser como Min Bahadur Sherchan, el nepalí loco que alcanzó la cima casi a sus setenta y siete años por la ruta de la Cara Sur. Los dioses de su tierra lo protegían. Su rodilla izquierda ya no resistía y a sus cincuenta años, que cumpliría en tres meses, ya tendría que aceptar que su carrera en los grandes picos había llegado a su fin. Esto si es que lograba terminar este viaje con vida, “el cielo y el viento están hablando y somos un grupo de locos que nos estamos haciendo los sordos”, pensaba Robert mientras con cara de póker se disponía a ganarles y tener al menos su revancha simbólica.

—Vamos, empecemos que no puede ser una partida muy larga porque necesitamos pegar el ojo un rato—, decía Peter impaciente. 

—Como si alguno de nosotros fuera a dormir esta noche —, concluyó Greg.

Todos bajaron el mentón mirando sus cartas, y en silencio, acompañados de sus sombras proyectadas sobre las paredes de tela de la carpa, y las dos lámparas iluminando todo ese revoltijo de cuerdas, arneses, tazas, botas, picahielos, estufa, provisiones, maletines, y sleeping bags; en ese pequeño espacio protegido por tela de alta calidad, trajes térmicos y una conversación entre hombres vulnerables y arriesgados, pensaban si así se sentirían los primeros, los de la caverna sentados alrededor del fuego, resistiendo la furia de la montaña, sin saber si esa sería su última noche de existencia. 

Robert se iba desesperando ante la arrolladora autoconfianza de Peter. Le habían salido las mejores cartas en todas las rondas y había jugado muy bien. Un sentimiento parecido a la congoja lo fue consumiendo. 

—Me retiro.

—¡No! — dijeron a coro.

—No nos vas a hacer esto a mitad de esta ronda. Vamos, sigamos un poco más —. Insistía Jim, que evitaba a toda costa la muerte que llega con el sueño.

Pero Robert no dio reversa en su decisión. Dijo que debían emprender camino en unas horas y necesitaban dormir. Cuando se incorporó, pareció que la nieve lo hiciera con él. Se escuchó un silbido y como si les enviaran una palada de tierra al fondo de la carpa, un bulto de nieve les anunciaba que estaba dispuesta a sepultarlos con gusto. Robert se sacudió algunos pensamientos de augurio de la cabeza. 

Después de un largo rato de estar afuera, Javier volvió a su carpa. La noche se había puesto más espesa. El café que había dejado servido seguía aguardándolo. Lo volvió a echar al termo. Caminó lento entre su bolsa térmica y la de su compañero y finalmente, deshaciéndose de sus botas y volviendo a mover los dedos de sus pies para recordarse que existen, se dispuso a dormir. 

De repente, pensó en los días que venían por delante. Mañana, o esta misma medianoche cuando todos se pusieran en pie, volvería a meterse en sus botas congeladas, revisaría todo el equipo, se echaría el peso encima, y ocuparía su lugar establecido hacia el final de la cuerda. Mañana tendrían que agarrarse a la tierra con las uñas, los dedos, las manos, las piernas firmes, apretando esfínteres y contrayendo abdomen, sudando frío y respirando poco, no pensando en nada, confiando como locos, y desconfiando como locos para lograr que la montaña no les embelese los sentidos y el criterio, que con este monstruoso viento con que los ha recibido estos días aún les regale su compasión y les deje llegar al final de la jornada a salvo. “No se puede uno exceder de ego con ella, es una diosa. Pero tampoco puedes dejarte asustar como para desconfiar tanto de ti mismo que no oses pisarla”.

No había nada más sino dejar que a un paso le siguiera el otro. Así, como una caricia, enamorando a la diosa gélida, tal vez llegaría a la cima por primera vez en su vida. 

(Relato breve fruto de una clase inspiradora con el escritor Pedro Palou)

Por Emma Sánchez

Foto de Gaurav Sharma

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