El calor de la habitación se imponía recio sobre las cabezas, se acostaba pesado y gordo encima de la sábana que cubría a Laura. Era una delgada sábana ligera para estos días de verano, pero con ese calor regordete, sudoroso, pringoso, ella se la quitaba de los pies con movimientos firmes que sentía estando semidormida. Se giraba hacia el aire, lo aspiraba por la boca abierta y buscaba algún lado más fresco de la almohada. En esas llevaba varias horas, bailando entre la consciencia y el sueño, en esa especie de onirismo que no permite distinguir con claridad nada del mundo. La cama de Laura danzaba con ella un extático ritmo que no cesaba. Algún reflejo antiguo la hizo acomodarse en posición fetal. Se sumergió en un líquido amniótico que aunque cálido, la abrazaba con libertad. Tardó en hacer conexiones porque no quería salir de ahí, y porque no se proponía seguir hilos de pensamientos, sino todo lo opuesto, pero su cerebro, más viejo y astuto, le susurró al oído del sueño: “está temblando”.

El cuerpo entendió antes que los ojos. La penumbra no le permitía distinguir la realidad de las cosas, los oídos supieron algo que no les gustó en absoluto. Los libros sonaban en los estantes de la biblioteca, las maderas de ésta, de las puertas del armario, de las tablas de la cama, parecían escucharse como risas nerviosas. Todo cobraba vida, su joyería sobre la mesita de noche, el móvil, el vaso con agua, hasta la sábana ligera la estaba halando a un movimiento brusco y doloroso. Él la tomó de la mano. Quién es. La sacó de la cama de un tirón. Sus piernas no respondían, se dejaba llevar y luego tocó el suelo y todo vibraba. Ahora el techo de madera crujía maldiciendo. Una sirena sonaba afuera. Los vidrios de las ventanas anunciaban quebrarse. Todo tan fuerte, tan violento. Los ojos abiertos no creían. Se puso en pie como pudo sin sentir nada más que su corazón que se acompasaba al ritmo de las cosas. Se agarró a la espalda de él. Su camiseta se le trenzó entre los dedos. No la soltaría nunca. Nunca. La tierra rugía y se tragaba el mundo de las cosas, y el mundo de las cosas se la tragaba a ella y a su mano apretando la camiseta de él, y a él corriendo hacia la puerta mientras el techo se les iba cayendo encima como un amante exhausto.  

Pensó si ya se despertaría.

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Emma Sánchez

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